En Costa Rica nos jactamos mucho de nuestro amor por la paz, por al soberanía nacional y en general de esta tierra que por ser tan linda la llaman la Suiza centroamericana... Sin embargo, aunque hay grupos muy activos en reclamar los derechos y los principios del país, hay una gran mayoría de personas que se quedan en el discurso y muchos que aunque estemos de acuerdo, no terminamos por mover un dedo para significarnos más allá de compartir fotos en el Facebook.
Ahora que se viene el pleito por la concesión de la carretera "a San Ramón" se me ha ocurrido hablar del tema porque creo que no soy la única a la que le ha pasado algo similar. Escuchaba hablar del tema sin poner demasiada atención hasta que empecé a oír cómo nos iban a subir los peajes en la ruta a Alajuela. Claro. Cuando nos tocan el bolsillo muchos respondemos. Pero no es sólo eso. Es que al enfocar la situación como un problema "de San Ramón" de inmediato muchos nos lavamos las manos. "¡Pobre gente! ¡Qué razón tienen en reclamar! Claro, claro, TIENEN QUÉ luchar por lo suyo, por sus derechos..." eso en muchas variaciones se puede escuchar por todo lado, ya sea dicho en voz alta o resonando en las mentes de las personas que pasan página aburridos o cambian el canal porque "otra vez el mismo cuento".
Es tan fácil lavarse las manos y decir apenados por los otros: "¡qué razón tienen, ojalá lo consigan!"
Pero claro, me van a decir: no podemos involucrarnos en todo. A fin de cuenta, esto es en menor escala lo que hacemos cuando pensamos en "esa pobre gente de África que no tiene qué comer", por poner un ejemplo. O en esos "pobres personas de los otros países de América Central que viven en situaciones de pobreza extrema". O "esos pobres aborígenes de Talamanca". Sí, pobres, pero lejos de nosotros. Siendo realistas, diremos, no podemos hacer mucho por esa gente que está tan largo ni tenemos los recursos monetarios para hacerlo, ¿cierto?
¿Así que por qué va a ser diferente con "esa pobre gente de San Ramón"?
Bueno, para empezar muchos dirán: "¡es una cuestión de soberanía nacional! ¡no podemos dejar que vendan nuestro país, que empresas extranjeras vengan a nutrirse de nosotros". Frases inspiradoras como "El Pueblo que no defiende lo suyo, termina siendo inquilino en su propio país." (he visto en el Facebook que es de Juanito Mora, creámoslo). Todo eso está muy bien y Dios sabe que lo subscribo. La mayoría del país lo hace. Nos jactamos de ello. Pero... ¿a cuántas personas mueve realmente esto? ¿Cuántos pasamos de los sentimientos a los hechos?
¡Ah, tanto se hace, se dice y se lucha en nombre de la soberanía que no deja de ser para la mayoría un concepto abstracto, tristemente manoseado y pocas veces reivindicado! ¿Qué significa realmente? Son palabras vacías para un pueblo que nunca se ha visto desprovisto de ella (y si ha estado sin ella, se ha apresurado a olvidarlo, porque olvidar se nos da de maravilla).
Me temo que si se quiere que la gente se mueva, hay que ser práctico. Los discursos de amor a la soberanía van a conmover los corazones, pero no van a levantar a todo el mundo. El ser humano es egoísta. Después de todo mirar por sí mismo primero es un mecanismo para sobrevivir, perdiendo de vista que no hacemos gran cosa solos.
Entonces, seamos prácticos. Esto no es un problema sólo de San Ramón o sólo de una parte del país... esto nos va a afectar a todos y de maneras muy prácticas. ¿Cuántos tenemos que pasar por esta calle camino a Heredia o Alajuela, ya sea en auto o en bus? No vale decir "si es que yo a San Ramón nunca voy", esta ruta afecta a muchos más lugares. ¿Cuántos consumimos productos de empresas que tienen que usar esta calle? Que van desde la Dos Pinos hasta... bueno, ¿no está la Cervecería justo al lado de esta carretera? Todos tendrán que pagar peaje y nosotros pagarlo en el precio de los productos y los pasajes. Si a alguna gente lo de vender la soberanía le suena a vacío y a abstracto, pensar en esos aspectos más concretos puede que nos ayude a dimensionar lo que se nos viene encima.
Es triste pensar que si no tocas el bolsillo de la gente, no se va a mover para evitar que le atropellen la soberanía. A fin de cuentas, es lo que hacen los de las altas esferas y los criticamos: poner el bolsillo antes que la patria.
Fue agradable escribir esto aunque siendo francos, se necesita gente que sepa de economía y no tenga intereses directos implicados en el proyecto para que nos diga qué implicaría realmente para nuestros bolsillos. No sé yo si va a levantar a alguien de su computadora para ir a hacer algo con respecto a la concesión. No sé siquiera si va a levantarme a mí de dónde estoy escribiendo. Tal vez me traiga a un verdadero patriota a explicarme por qué sí lucha por la soberanía y sin ironía, le admiraré aunque me dolerá decirle que lamentablemente es minoría. Pero al menos, al menos una parte de mí puede pensar que hizo algo más que dar un clic en like y en compartir (lo que por supuesto, pienso hacer).
No es cinismo, sólo es así
No se trata de ser cínico, solamente de hablar de la vida tal y como es... al menos para mí. ¿Pero acaso la vida no es para cada quien tal y como la ve?
viernes, 5 de abril de 2013
martes, 22 de enero de 2013
¿Cuándo se volvió tan complicado comprar un cepillo de dientes?
Solía ser muy fácil. Mi madre me traía uno a casa o yo me paraba ante la inmensidad de oferta e iba directo por uno de un color que me gustara. ¡La vida no era tan complicada! Hoy, de pie frente a la estantería de cepillos de dientes, me encontré leyendo mil cosas: la marca, si era suave, duro o algunas palabras en portugués que tal vez interpreté bien, si tenía cómo evitar las bacterias en las cerdas o si me iba a decir cuándo lo tenía que cambiar.
Valoré cada argumento. Cada posibilidad. Pero al final de todo hice lo de toda la vida: elegí el del color que más me gustaba. Justo como decía aquel anuncio de TV.
Ojalá el cepillo de dientes fuera lo único que se ha vuelto particularmente complicado de elegir. En algún momento de la vida alguien deja de decidir por vos o empiezas a ver mil factores que antes nunca hubieras valorado.
Sería irresponsable no hacerlo y eres consciente de eso. Hay decisiones donde no serlo sería una solemne tontería. Tu carrera, tu pareja, tus amistades, tu futuro... Ya no hay decisiones pre-tomadas por alguien más, ya no se trata de un tin-marín-de-do-pin-güe (¿cuántas veces han tratado de escribir ese viejo juego infantil? Incluso eso me tocó leerlo más de una vez para valorarlo si así sería cuando antes se trataba solo de pronunciarlo)... Y le das vueltas. Mil vueltas. Te obsesionas en uno y otro detalle. Cada arista, cada posibilidad, cada razonable argumento a favor o en contra... Tratas de elegir lo correcto.
Y al final, por un arrebato que la mayor parte de las veces no puedes explicar, terminas comprando el cepillo por el color. Por más racional que pretendas ser, al final terminas haciendo lo que te da la gana.
lunes, 21 de enero de 2013
¡La bienvenida!
¡Bienvenidos! ¿Quiere eso decir que han llegado bien a este lugar, que son bien recibidos o es una bienvenida para el blog? (Sí, vi y leí hace poco esa historia que estás pensando y era una broma fácil para abrir. Igual y carece de gracia, pero nos vamos conociendo. Al menos si captaste de qué iba esto.)
La entrada de bienvenida de los blogs es curiosa, en particular porque se va quedando atrás y atrás hasta que a nadie le importa. Pero igual, es una especie de tradición ponerla. Un inicio, un punto de partida.
Nos gusta que la vida tenga inicios y finales. Nos da la falsa seguridad de un nuevo comienzo. La ilusión tranquilizadora de que algo puede quedar realmente cerrado y archivado, cada vez más atrás. Preferimos olvidar que la vida, queramos o no, no es más que un continuo.
Tal vez si están acá nos conocemos de algo. Tal vez no. Puede que sea el inicio de nuestra relación, pero no es ni mucho menos ni tu inicio ni el mío. A lo mejor es el inicio de una nueva fase de lo nuestro. O el final, si decides que no quieres leerme más. ¡A fin de cuentas en un continuo todo es tan efímero!
Así que bueno, aquí está la entrada de inicio: ¡bienvenidos!
La entrada de bienvenida de los blogs es curiosa, en particular porque se va quedando atrás y atrás hasta que a nadie le importa. Pero igual, es una especie de tradición ponerla. Un inicio, un punto de partida.
Nos gusta que la vida tenga inicios y finales. Nos da la falsa seguridad de un nuevo comienzo. La ilusión tranquilizadora de que algo puede quedar realmente cerrado y archivado, cada vez más atrás. Preferimos olvidar que la vida, queramos o no, no es más que un continuo.
Tal vez si están acá nos conocemos de algo. Tal vez no. Puede que sea el inicio de nuestra relación, pero no es ni mucho menos ni tu inicio ni el mío. A lo mejor es el inicio de una nueva fase de lo nuestro. O el final, si decides que no quieres leerme más. ¡A fin de cuentas en un continuo todo es tan efímero!
Así que bueno, aquí está la entrada de inicio: ¡bienvenidos!
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