martes, 22 de enero de 2013

¿Cuándo se volvió tan complicado comprar un cepillo de dientes?


Solía ser muy fácil. Mi madre me traía uno a casa o yo me paraba ante la inmensidad de oferta e iba directo por uno de un color que me gustara. ¡La vida no era tan complicada! Hoy, de pie frente a la estantería de cepillos de dientes, me encontré leyendo mil cosas: la marca, si era suave, duro o algunas palabras en portugués que tal vez interpreté bien, si tenía cómo evitar las bacterias en las cerdas o si me iba a decir cuándo lo tenía que cambiar.

Valoré cada argumento. Cada posibilidad. Pero al final de todo hice lo de toda la vida: elegí el del color que más me gustaba. Justo como decía aquel anuncio de TV.

Ojalá el cepillo de dientes fuera lo único que se ha vuelto particularmente complicado de elegir. En algún momento de la vida alguien deja de decidir por vos o empiezas a ver mil factores que antes nunca hubieras valorado.

Sería irresponsable no hacerlo y eres consciente de eso. Hay decisiones donde no serlo sería una solemne tontería. Tu carrera, tu pareja, tus amistades, tu futuro... Ya no hay decisiones pre-tomadas por alguien más, ya no se trata de un tin-marín-de-do-pin-güe (¿cuántas veces han tratado de escribir ese viejo juego infantil? Incluso eso me tocó leerlo más de una vez para valorarlo si así sería cuando antes se trataba solo de pronunciarlo)... Y le das vueltas. Mil vueltas. Te obsesionas en uno y otro detalle. Cada arista, cada posibilidad, cada razonable argumento a favor o en contra... Tratas de elegir lo correcto.

Y al final, por un arrebato que la mayor parte de las veces no puedes explicar, terminas comprando el cepillo por el color. Por más racional que pretendas ser, al final terminas haciendo lo que te da la gana.

lunes, 21 de enero de 2013

¡La bienvenida!

¡Bienvenidos! ¿Quiere eso decir que han llegado bien a este lugar, que son bien recibidos o es una bienvenida para el blog? (Sí, vi y leí hace poco esa historia que estás pensando y era una broma fácil para abrir. Igual y carece de gracia, pero nos vamos conociendo. Al menos si captaste de qué iba esto.)

La entrada de bienvenida de los blogs es curiosa, en particular porque se va quedando atrás y atrás hasta que a nadie le importa. Pero igual, es una especie de tradición ponerla. Un inicio, un punto de partida.

Nos gusta que la vida tenga inicios y finales. Nos da la falsa seguridad de un nuevo comienzo. La ilusión tranquilizadora de que algo puede quedar realmente cerrado y archivado, cada vez más atrás. Preferimos olvidar que la vida, queramos o no, no es más que un continuo.

Tal vez si están acá nos conocemos de algo. Tal vez no. Puede que sea el inicio de nuestra relación, pero no es ni mucho menos ni tu inicio ni el mío. A lo mejor es el inicio de una nueva fase de lo nuestro. O el final, si decides que no quieres leerme más. ¡A fin de cuentas en un continuo todo es tan efímero!

Así que bueno, aquí está la entrada de inicio: ¡bienvenidos!